2026: nada nuevo, Costa Rica sigue atrapada en el colapso vial

Por: Esther Castillo Jiménez

En 2026, Costa Rica continúa dando vueltas en el mismo laberinto vial. Dos accidentes en menos de 48 horas en la General Cañas bastaron para colapsar San José y sus alrededores durante horas e incluso días, confirmando una realidad que ya no admite excusas: el país circula sobre una red vial que no soporta la carga vehicular que se le ha impuesto.

No es el accidente en sí lo que provoca el caos, sino el efecto dominó de un sistema saturado. Una colisión menor en una vía estratégica basta para que los conductores busquen salidas por todos lados (calles secundarias, retornos improvisados, desvíos sin control), trasladando el problema a comunidades enteras. En poco tiempo, el desorden se extiende como marea creciente hasta paralizar amplias zonas.

A esto se suma una falla recurrente: la reacción tardía. Choques que permanecen largos minutos (a veces horas) ocupando carriles porque no llega a tiempo la Policía de Tránsito para levantar la boleta y despejar la vía. Mientras tanto, las presas crecen, el estrés se acumula y la ciudad se detiene.

El colapso vial no se limita al Gran Área Metropolitana. En rutas hacia Paso Canoas, en la Costanera Sur, en el tramo de Liberia hacia la BAJURA (Filadelfia, Santa Cruz, Nicoya, etc.), entre muchas otras del país, las presas interminables se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Las carreteras no fueron diseñadas para soportar el volumen de vehículos que hoy circula por ellas, pero aun así la carga vehicular sigue aumentando sin una planificación acorde.

Cada día hay más carros en circulación y menos capacidad real para absorberlos. Se importan vehículos sin una política clara que mida el impacto sobre la movilidad y la infraestructura existente. A esto se suma el crecimiento acelerado del parque de vehículos eléctricos, promovido como una solución ambiental, pero incorporado sin la infraestructura necesaria para sostenerlo. Hay más carros “verdes” en las calles, pero no suficientes estaciones de carga ni una planificación integral que acompañe esa transición.

A la red vial rebasada se suma la falta de sentido común al volante. En rotondas e intersecciones, el tránsito se convierte en un verdadero hormiguero descontrolado (conductores avanzan aunque no haya espacio, tapan salidas y sellan su propia trampa y la de los demás). Puntos pensados para ordenar el flujo terminan convertidos en focos permanentes de colapso.

Los semáforos tampoco dan abasto. Operan con esquemas antiguos, incapaces de medir en tiempo real la cantidad de vehículos o de adaptarse a picos de tránsito y situaciones extraordinarias. No priorizan flujos críticos ni responden a emergencias, por lo que una presa inicial se multiplica en cadena hasta paralizar zonas completas.

Se arreglan tramos aislados aquí y allá, pero el alivio es momentáneo (el problema no desaparece, simplemente se traslada). Falta una visión integral de movilidad que combine infraestructura, tecnología, control efectivo y educación vial.

El colapso vial que vive Costa Rica no es casual ni pasajero. Es consecuencia directa de una red vial insuficiente frente a una carga vehicular desbordada, sumada a gestión reactiva y ausencia de orden en momentos críticos. En 2026, nada nuevo: las presas siguen ahí, el tiempo se pierde y la calidad de vida se desgasta, en un país donde a veces da la impresión de que ya hay más carros que personas circulando.

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